jueves, diciembre 18, 2008





Palestina, un grito interminable.

Estoy en los sueños de la ira
muriendo en el alma de una gota de sangre.

Desnudo de mañanas, en las últimas soledades,
me ahogo en el grito de las ausencias.

¡Qué solo me encuentro
en la mesa de los dolores!


El amigo está preso en sus propios olvidos,
sin luz, perdido entre los recuerdos.

Nada existe hoy que no produzca miedos.

Nada queda para luego, salvo lágrimas.


El plato de la mañana es oscuro,
el de mediodía me arranca las tripas,
el de la noche me alimenta de horrores.


En la otra calle
los aceros de la muerte apuntan
a la cabeza del niño.

De todos los niños.

La mano de fuego consuela a la madre,
mientras
la tierra muerde sus tiernas carnes.

El viajero de la muerte, del otro lado, ríe.


La mano que aplaude reza palabras de alambre,
los dedos empalizados secuestran pueblos,
regalando hambre, sembrando ruinas,
robando destinos, naciones y nombres.

¡Ay Israel!, ¿en qué templo has rezado,
que sales con las sandalias de la muerte?

¡Ay Israel!, que corres ciego hacia la nada.

El fuego trae el fuego,
la sangre, la sangre;
te llegarán los besos de los hijos del odio
envueltos con los recuerdos del terror.

¡Ay Israel!, ¿por qué te precipitas
a los brazos de todas las muertes?


El terror estalló en el viento.

El grito de la desesperación
se tornó locura
y vestido de fuego
invadió el patio del poderoso.

La vida, abrazada a la muerte,
mordió al inocente
con dientes de sangre y metralla.

En la cansada tierra
quedaron unidos,
en las eternidades del llanto.


Antonio Martínez i Ferrer

3 comentarios:

Ana María Espinosa dijo...

Potentísimo poema, lleno de verdad, Antonio.

DIONI dijo...

grande ese antonio...!!

Jenni dijo...

A mi m'ha agradat-emocionat molt el poema.